“Con violencia hacia la mujer, no es posible hablar de seguridad”

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Visita. “Doña Carmen” en el cuarto piso del edificio de Tribunales, donde participó de un seminario de la CIM-OEA sobre justicia de género.
 Visita. “Doña Carmen” en el cuarto piso del edificio de Tribunales, donde participó de un seminario de la CIM-OEA sobre justicia de género.

Visita. “Doña Carmen” en el cuarto piso del edificio de Tribunales, donde participó de un seminario de la CIM-OEA sobre justicia de género.

Sensible. Tuvo ayudita inicial de Octavio Paz para encaminar su vocación. Y construyó una carrera diplomática de primer nivel. Ahora, desde la OEA, lucha por los derechos de género.

 

¿Ah sí? Hay como mil Carmen Moreno, ese es un nombre común.

“Ese” , su nombre, será común. Pero su vida está fuera de lo común. Ya había nacido en cuna infrecuente. Su abuelo materno –el ingeniero Salvador Toscano– llevó el cine en 1897 a México, y además filmó y fotografió la Revolución de 1910 y la intensa década siguiente. Su madre –poetisa, escritora– convirtió esos registros históricos en una película que hoy es monumento nacional,“Memorias de un mexicano” ( allí se ven, sólo ejemplos, el regreso de Francisco Madero desde Estados Unidos en 1911 y el entierro de Pancho Villa en 1923), y años después organizó la primera cinemateca del país. Y su padre –abogado, profesor universitario, periodista, senador– fundó el partido socialdemócrata. La mayor de cinco hermanos, Carmen Moreno nació en Ciudad de México en 1938, cursó la primaria en un bilingüe privado, jugó de niña al fútbol americano en la calle, y también conoció a las estrellas del cine mexicano de los 40 –Jorge Negrete, Dolores del Río, María Félix– cuando acompañaba a su madre a los estudios donde hizo la película. Durante la secundaria en colegio público se entusiasmó con la química, la física y la matemática; pero también leyó a Lope de Vega y Cervantes a los 14, y vio mucho cine. No tenía claro qué quería ser. Y como no le gustaba enseñar, se inclinó por el derecho primero y la economía más tarde. No terminaría ninguna de las dos carreras: Octavio Paz, amigo de la familia y entonces funcionario de la Cancillería, sabía de su ilusión por conocer Europa y la recomendó como secretaria en las Naciones Unidas, en Ginebra.

“Con esa mezcla de irresponsabilidad, desconocimiento y deseo de hacer las cosas, dije que sí…” y a los 18 años fue a trabajar a la misión de México ante la ONU. Luego, un tiempo en la misión ante la Unesco, en París. Esos dos años y medio fueron su universidad decisiva. Volvió a México con la decisión de ser diplomática. Estudió tres años de carrera, a los 21 ingresó por concurso de oposición a la Cancillería, y fue durante cuatro décadas lo que soñaba ser. Negoció en el Grupo de los 77 la única resolución internacional sobre la deuda; cerró en la OEA la convención contra el tráfico de armas; fue embajadora en Costa Rica y Guatemala; en 1994 la designaron embajadora eminente. En un momento tuvo una crisis: no sabía si irse a militar por los derechos de la mujer. Una diplomática jamaiquina la encarriló.

“Si yo era una buena diplomática –me dijo– iba a ayudar más a las mujeres que si me iba de activista”.

Ya jubilada, en 2003 fue nombrada directora del instituto de la ONU para la promoción de la mujer. Y desde 2009 es secretaria ejecutiva de la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM), de la OEA. Estuvo en Buenos Aires por un seminario sobre justicia de género, y anudó acuerdos contra la discriminación laboral a mujeres con vih con laFundación más paz menos sida.

Ha vivido en muchas ciudades. ¿Tiene alguna favorita?

A mí me gusta mucho la ciudad de México. Como siguientes opciones me gustan París, Roma… y Nueva York: aunque para vivir es muy difícil, para visitar es fascinante.

¿Su mayor placer cotidiano?

Ver el sol.

¿Qué la alegra?

Pues todo (se emociona): o sea la luz, las hojas, las flores…

¿Y qué la enoja?

La necedad (se transforma: ahora se ríe). Eso sí, francamente. Aguantar a los tontos es mucho esfuerzo.

¿De qué clase de personas aprendió más en su vida?

De mi papá, de mi mamá. Primero, eran curiosos. Luego, mi papá tenía respuestas para todo. Aunque me enseñó que todo estaba en los libros, y en el colegio de México lo que aprendí fue a no creerle a los libros. Eso me hizo como escéptica. Pienso que hay que tener una idea propia.

¿Guarda momentos para leer?

Me despierto muy temprano y usualmente leo en la mañana.

¿Qué le gusta hacer en su tiempo libre?

Actividades de deportes, ahorita , lo que me gusta mucho es jugar golf. Y antes, desde los 35, jugué tenis una o dos horas todos los días.

Se ha cuidado.

No es de cuidado, es que me encantaba. Y además uno necesita un distractor que sea suficientemente absorbente como para que se olvide de los problemas, porque siempre va a tener problemas en la oficina, y que llegue fresco al otro día.

Tenis, golf, ¿algo más?

Caminar. Y hago una gimnasia china que se llama Chi kung, hace como 7 años. Y me hace bastante bien. Mientras pueda seguir trabajando, discutiendo, pensando y peleando…

¿Cuándo sufrió su primera discriminación como mujer?

Cuando gané el concurso para entrar a la Cancillería. Fui a ver al subdirector de Organismos a decirle quiero venir aquí. Y me dice: Aquí no queremos mujeres, cuesta mucho dinero entrenarlas, se casan y se van . Y me mandaron a un área diplomática, a una tarea elemental y aburrida.

¿Por qué dice que la violencia es el mayor obstáculo de la mujer?

Para empezar, no las deja vivir una vida diaria. Segundo, no pueden trabajar. Tercero, no pueden educar a sus hijos. No pueden ser personas. Es el mayor limitante a su libertad personal.

También sostiene que es un problema para la seguridad.

Nosotros hemos tratado de hacer comprender a todo el mundo que si no hay seguridad para la mujer en su casa, no hay seguridad en ese país. Esos conceptos de seguridad nacional hay que ajustarlos a la seguridad de las personas. Y la seguridad de las mujeres empieza en su casa, y sigue en la calle y en el trabajo. O sea no es posible hablar de seguridad en un país cuando hay violencia hacia las mujeres, y hasta las están matando.

¿Cuál es la causa?

Yo creo que son los roles tradicionales (va a sonar medio raro) de poder, de control, de querer dominar a la mujer. En el fondo es un problema de inseguridad de los hombres. Y de querer cambiar a la otra persona.

¿Cinco medidas para erradicar este flagelo de nuestro tiempo?

La primera medida es educación. La segunda es penalizar, que la violencia contra las mujeres sea un delito, no un asunto privado; o sea, volverlo público. Y que no haya impunidad: que el golpeador cumpla una pena.

Le pido dos más.

Una modificación de la retórica en los medios, sobre todo en la televisión: las escenas de violencia que se ven en los programas –en horas inclusive de los niños– son verdaderamente inaceptables, y están provocando una cultura de superficialidad, de egoísmo, de impunidad muy fuerte. Y con estereotipos muy marcados. La quinta es educar a las mujeres también, que sepan cuáles son sus derechos.

¿Qué otro problema grave sufren las mujeres en la región?

La fragilidad de las instituciones que las quieren apoyar. Los gobiernos no les dan presupuesto: no toman en serio el tema. Hay una fuerte falta de voluntad política del poder.

 

Fuente: Diario Clarín