Cuando la muerte no espera

0
175

Por qué han aumentado los asesinatos en barrios en los que proliferaron las drogas y las armas clandestinas. Cuál es la relación entre los distintos niveles de narcotráfico en estos lugares y los crímenes. La tasa de homicidios de la población joven es de 14,16 cada cien mil habitantes, más del doble de la tasa de toda la Capital.

Primer-Plano

Por Juan Federico

Cuando a mi hermano lo mataron, ese mismo día, en la mesa de la cocina de casa, me pusieron cinco pistolas para que yo me vengara. Pero no quise. Las armas están y cualquiera las consigue”.

El hombre es uno de los 10 hermanos Narváez, una de las familias que ha sufrido demasiado de cerca el significado de la violencia urbana en Marqués Anexo y alrededores, en la zona norte de la capital provincial.

Sentados en la humilde vivienda familiar de Hipólito Yrigoyen, barrio separado por las vías de aquel que hoy le da nombre a una de las zonas más violentas de la ciudad, los Narváez intentan poner en palabras cómo es convivir y acostumbrarse a sobrevivir en medio de una sociedad con códigos propios: cada vez más armas en poder chicos, proliferación de “quioscos” de droga al menudeo, disparos a traición en cualquier momento y todo un culto ya instaurado alrededor de la muerte joven.

En el ingreso de la casa, un monolito recuerda a Leandro Narváez (16), quien fue asesinado el 22 de abril del año pasado de tres balazos por la espalda.

A 200 metros, se levanta otro recuerdo, que lleva el nombre de Brian Rivas (20), baleado cuatro días después que Leandro, en el marco de otra disputa.

No fueron los únicos. Entre fines de 2013 y comienzo de 2014, otra vez hubo una sucesión de episodios violentos fatales en ese sector. El sábado 28 de diciembre, desde una moto, dos jóvenes dispararon contra un grupo de adolescentes y mataron a Franco Tapia (18).

El 16 de enero último, el que cayó en una emboscada a tiros fue “el Negrito” Mario Martín Molina (17), quien acababa de salir de la casa de los Narváez.

Leandro, Franco y Martín eran amigos de la infancia. Todos pertenecían al mismo grupo, identificado como de “El Pueblito” o “los Wachos de Hipólito”. De esta manera, se agrupan para diferenciarse de los otros sectores internos en los que se divide esa amplia zona que es el Marqués Anexo: Ramal Sur y El Nailon.

En sus velorios, se oyeron varios balazos al aire. Señal de despedida. Pero, también, de mucha bronca.

La disputa, hasta ahora desigual y brutal, es por el control del territorio. Los que mandan desde El Nailon proveen de armas y drogas a un pequeño ejército de adolescentes que sale a disparar contra aquellos que alguna vez fueron sus compañeros de escuela.

Para los Narváez, se trata de que, a fuerza de violencia, ellos acepten el liderazgo de aquellos. Algo que, subrayan, no va a suceder.

Pero lejos está de reducirse esta cadena de agresiones continuadas y cotidianas a nombres particulares.

Los tiroteos cruzados, a toda hora y por cualquier motivo, son una constante en Marqués Anexo, al igual que en muchos barrios de los cuatro puntos cardinales de la ciudad de Córdoba.

A esta altura, cuando ya la violencia se ha heredado a nuevas generaciones, es más complicado que los propios involucrados puedan rastrear el porqué de tanto tiro suelto.

Hoy, la disputa hasta se ha trasladado al campo virtual, el de las redes sociales de Internet, donde las armas y las drogas son exhibidas sin pudor para intentar ganar más terreno desde el campo simbólico.

Un fenómeno que trasciende por completo a Marqués Anexo, ya que en un rastreo realizado por este diario se encontraron imágenes similares en los muros de Facebook de personas que viven en puntos opuestos de la ciudad de Córdoba.

Fotos de adolescentes con pistolas y revólveres que vuelven a demostrar cómo las armas se han ido convirtiendo, con el paso de los años, en un elemento cada vez más común y descontrolado en la geografía cordobesa.

Frente a los funcionarios

Una violencia que, de manera abrupta, comenzó a poner en jaque a los propios funcionarios políticos.

El jueves último, con sólo horas de diferencia, ocurrieron dos episodios que dejaron en evidencia cómo los balazos resuenan a cada rato.

A la mañana de ese día, el intendente de la ciudad de Córdoba, Ramón Mestre, estaba inaugurando una obra de cordón cuneta en barrio San Felipe, de la zona sudeste de la Capital, cuando una banda de delincuentes pasó por allí cerca a toda velocidad y a los tiros. Intentaban escapar de la Policía.

Mientras Mestre y el resto de los funcionarios pensaron en buscar refugio en un lugar más seguro, los vecinos que estaban allí continuaron como si no hubiera sucedido nada extraordinario.

A la tarde, en tanto, el secretario de Seguridad de la Provincia, Matías Pueyrredón, fue a un encuentro de exfutbolistas que había organizado frente a la escuela secundaria de Marqués Anexo para inaugurar una pequeña cancha de fútbol donde antes hubo uno de los tantos basurales desperdigados por la zona.

El objetivo era promocionar ante la prensa un plan para intentar contrarrestar la violencia en esa zona, que de 2004 a esta parte ya se cobró la vida de 20 jóvenes.

Fue entonces que se cruzaron dos de las facciones enfrentadas: los adolescentes de El Pueblito y los de Ramal Sur. Y ello provocó una batahola en la que volaron piedrazos e insultos, y varios exhibieron armas de fuego. Fue necesario que interviniera la Policía.

Ese episodio dejó en evidencia que en esa zona, al igual que en otras tantas, la violencia está lejos de poder ser reducida en pocos meses o con inauguraciones pomposas.

Un relevamiento realizado por vecinos del barrio, a pedido de este diario, asegura que en sólo 10 días se anotaron cinco tiroteos.

Detrás de esto, una violencia silenciosa, que no aparece en los medios. Familias que deben mudarse, ya que son amenazadas para que abandonen sus viviendas; traficantes que se encargan de mandar quién habita en qué casa; redes de protección informales también organizadas por los mismos vendedores de drogas, y todo un circuito clandestino de armas que permite monopolizar para algunos esa parte de la ciudad.

La fachada del domicilio de los Narváez exhibe una cantidad de disparos que no puede dejar de llamar la atención. Todos realizados desde un metro hacia arriba, lo que da la pauta de que los agresores tiraron no para amedrentar, sino a matar.

“Papá, papá, vamos para el fondo –a la pieza–, que vienen tirando tiros”, ya le dijo varias veces un pequeño de 4 años a uno de los Narváez.

Balazos y drogas

Marqués Anexo fue uno de los 63 barrios analizados por el Observatorio de Seguridad Ciudadana (recientemente reconocido por el Banco Interamericano de Desarrollo –BID– y la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito), que es dirigido por la especialista en criminología y exministra de Seguridad de la Provincia Alejandra Monteoliva.

En un complejo estudio transversal que acaba de finalizar, se diferenció a los barrios cordobeses en tres tipologías diferentes, de acuerdo con las características que adquirían en cuanto a la actividad de narcotráfico o narcomenudeo.

De esta manera, se marcaron aquellos sectores con “actividad controlada”, en los que se detecta un alto nivel de tráfico de drogas, con pocos dealers (proveedores) y un control del espacio público por las propias organizaciones narco, para que la venta no se vea afectada.

Aquí se incluye, por ejemplo, a barrio Maldonado, Colonia Lola, Villa Páez, Las Violetas o Bella Vista, sólo para citar algunos.

Luego, están aquellos barrios con “actividad en transición”, lo que supone fuerte presencia de pequeños dealers , pero sin grandes traficantes establecidos. Al no existir un control informal o formal de la violencia por parte de las grandes organizaciones, hay mayor cantidad de incidentes entre grupos, y delitos callejeros. Entre ellos, aparecen Alto Alberdi, Alta Córdoba, El Cerrito, Cáceres y Empalme. Marqués Anexo ingresaría en esta categorización.

Por ultimo, se describe a los barrios con “actividad desorganizada”: pequeñas ventas, ninguna banda regula la organización social, por lo que existe una tensión constante entre los diferentes grupos, situación que se traduce en altos niveles de inseguridad y violencia en los espacios públicos.

Ejemplo de esta categoría son Parque República, Villa Cornú, Remedios de Escalada, Patricios y la mayoría de los barrios-ciudad.

Para sintetizar: en aquellos sectores con presencia de pocas pero grandes bandas narco, la violencia es regulada por ellas; en las zonas donde no hay una actividad controlada de narcotráfico, sino que se superponen los vendedores al menudeo, cada uno tiene su propia lógica, lo que deriva en riñas más frecuentes.

Al analizar 84 de los 90 homicidios que hubo el año pasado en la ciudad de Córdoba, entrecruzando esta caracterización de los barrios con el tipo de delito y el arma utilizada, los datos que surgieron del estudio del Observatorio de Seguridad Ciudadana fueron contundentes.

El 62 por ciento de los ajustes de cuenta ocurrió en zonas de “actividad controlada”, en la mayoría de los casos con pistolas, mientras que el 64 por ciento de las riñas con saldo fatal tuvo como escenario un barrio de “transición” o “desorganizado”.

En este punto, Monteoliva se preocupa en aclarar que no todos los homicidios están vinculados de manera directa con la venta de drogas, sino que ocurren en zonas donde el delito aparece con frecuencia, como ya establecido.

“En Córdoba, el homicidio está relacionado a los procesos de consolidación de barrios y a las políticas urbanas implementadas en los últimos 20 años: víctimas y victimarios lo evidencian”, fue una de las conclusiones a las que arribó el estudio.

En ese sentido, se advierte que hoy, en la ciudad de Córdoba, quienes más riesgo sufren son los jóvenes de 15 a 24 años.

La tasa de homicidios de población joven es de 14,16 (más de 14 muertos cada 100.000 habitantes), 10 veces más alta que la tasa provincial de feminicidios.

En tanto, la tasa anual de homicidios de Córdoba Capital es de 6,4, dentro de la media nacional y muy lejos aún, por ejemplo, de la de Rosario o Santa Fe, ciudades que triplican esta cifra.

El trabajo de análisis de los homicidios también permite dimensionar cuál es hoy la principal causa de muerte violenta en la ciudad de Córdoba: los ajustes de cuenta y las riñas.

El año pasado, el 65 por ciento de los homicidios ocurrió entre personas conocidas y sólo el 33 por ciento estuvo vinculado a otro delito.

En el 84 por ciento de los asesinatos, la distancia entre el lugar del hecho y la residencia de la víctima o el victimario era de menos de mil metros (10 cuadras). Esto vuelve a marcar cómo la violencia entre pares se dirime en el mismo territorio, cuyo control termina siendo la raíz de los enfrentamientos.

Estos datos concuerdan con un análisis que realizó este diario a comienzos de año, al relevar todos los crímenes de 2013.

Otro dato revelador indica que en el 35 por ciento de los homicidios estuvo presente la participación de al menos una moto.

Y para despejar cualquier falso debate, el análisis termina arrojando otro punto que hoy adquiere importancia: los extranjeros participaron sólo en el uno por ciento de los crímenes.