“Fue un clic”

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pareja_8Emoción. La familia del fallecido Rodrigo Olmos se sintió mejor cuando supo que las ablaciones de los órganos del joven fueron satisfactorias.

 

 

En un almuerzo familiar de domingo, mi hermano nos contó que había renovado su documento, le habían preguntado si quería ser donante de órganos y había respondido que sí. No le llevamos el apunte, pensamos: “Muchacho joven, qué le va a pasar” y seguimos con otro tema.

Dos años después, en 2005, a Rodrigo lo patotearon en Cañada y San Luis y lo tiraron a la Cañada. Estuvo internado cuatro días en el Hospital de Urgencias y falleció.

Llegado ese momento, vinieron los chicos (bah, no sé si está bien, pero yo les digo así) de Ecodaic y –lo que son las cosas– a Claudio Triveri (que es amigo mío de la adolescencia) le tocó decirnos que había muerto. Estimo que para él eso debe haber sido muy duro.

Cuando nos pidieron los órganos, nuestra primera reacción –en el acto–, fue un “no” rotundo. Luego, mirándonos con mi mamá y mi cuñada, dijimos que sí, porque nos acordamos de que había sido su voluntad.

En ese momento, mi cuñada estaba embarazada y, quizá por todo el dolor que pasamos, ella perdió el bebé.

Rodrigo tenía 23 años, dos hijos y trabajaba en una fábrica de motores para lavarropas.

Giuliana es su hija mayor, hoy tiene 18 años y estudia Derecho; y Pablo de 16, va al Monserrat. Todos somos monserratenses, incluso Rodrigo había asistido.

El clic. Durante meses, el dolor y sufrimiento por su muerte fue tremendo, indescriptible, hasta que, a principios de 2006 llegó una carta de Ecodaic en la que se nos comunicaba que todas las ablaciones habían sido satisfactorias. Ese día fue un clic, nos cambió la vida a todos: mamá salió del pozo, mis sobrinos y cuñada volvieron a sonreír.

Hasta el día de hoy, no leí esa carta, pero a partir de recibirla tenemos otro significado sobre la muerte. Recuperamos lo que nos había dicho Rodrigo aquel domingo: “Donar órganos es más vida después de la vida”.

Y es así, mi hermano vive en nuestra memoria, en nuestros recuerdos y en la vida de otras personas, ayudando a otros a vivir.

Y esto, en parte, es también la maravilla de la ciencia.

A mis sobrinos les digo que se sientan orgullosos de haber tenido un padre que plantó un árbol, escribió un libro (hay unos cuentos escritos por él en la biblioteca de la escuela primaria), tuvo hijos y donó órganos.

Mi hermano es un ejemplo y creo que, definitivamente, se enseña con el ejemplo.

Para mí no es necesario saber quiénes recibieron sus órganos, pero mi mamá un día dijo que le gustaría conocer a la persona que recibió las córneas de mi hermano, no para ver si hay algo de la mirada de Rodrigo, sino su sentir.

Después del gesto de Rodrigo, toda mi familia ha expresado su voluntad de donar órganos.

Desde el momento de su fallecimiento y hasta la actualidad, los chicos de Ecodaic nos han tratado muy bien y con mucho respeto. Son como ángeles, más que trabajo, tienen vocación, están entre la vida y la muerte, son el nexo entre la ciencia (los médicos) y la vida.

Somos reconocidos por el gesto de mi hermano; con su propio gesto nos demostró que la donación está bien y eso nos reconforta.

A la distancia, me pongo a pensar que la gente se pasa la vida tratando de trascender, de ser alguien. Y he llegado a la conclusión de que la muerte misma nos da la oportunidad de trascender; no hay que tenerle miedo a la muerte.

Cuando ocurrió lo de Rodrigo, nos preguntábamos por qué y por qué, y la donación de sus órganos y tejidos nos dio la respuesta: el para qué. Y hay que aprovecharlo.

Miran para otro lado

Este día en que se publica mi testimonio, 29 de mayo, se da otra coincidencia: es la misma fecha en que patotearon a mi hermano Rodrigo, lo que le ocasionó la muerte el 2 de junio de 2005.

Hice todo lo que debería haber hecho la Policía: averigüé quiénes fueron los que lo golpearon, la mayoría había fugado de otras provincias con pedido de captura por homicidio. Llevé los datos a los policías, declaré ante el juez, les di toda la información. Nunca hicieron nada y eso sí nos dejó un puñal adentro.

Tengo 27 años, arreglo bicicletas con mi tío y puedo decir que estoy contento con la vida que tengo.

 

Fuente: Diario La Voz del Interior