Hace 2000 años, nacía el cristianismo

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La crucifixión de Jesús de Nazaret marcó el surgimiento de una nueva religión que pronto llegaría a ser hegemónica en el Imperio Romano para luego heredarlo. Un repaso de sus fundamentos

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[Este artículo fue publicado originalmente en la revista francesa de historia, Herodote]

Los fundamentos del Cristianismo

Se llama cristianismo al conjunto de confesiones religiosas basadas en la enseñanza de Jesucristo. Todas las confesiones cristianas comparten la fe en un Dios único en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo (es el “misterio de la Trinidad”). Dios creó el universo y colocó en su centro al ser humano, al que quiso libre, capaz de elegir tanto el bien como el mal.

Habiendo el hombre hecho un mal uso de su libertad, Dios envió a su Hijo a la tierra y éste se encarnó en la persona de Jesucristo. Fue perseguido y crucificado. Con su muerte injusta, reparó los pecados de los hombres. A través de su milagrosa resurrección, dio testimonio de la victoria de la vida sobre la muerte. Permitió a todos los hombres recuperar la esperanza en la vida eterna y en la contemplación de Dios.

 

Jesús y los primeros cristianos

Conocido con el nombre de Jesús – o Yehoshua (en arameo, Dios salva)-, el inspirador del cristianismo habría nacido en Belén, en Judea (entonces provincia romana), alrededor del año 6 antes de nuestra era. Luego habría vivido con sus padres en Nazareth, Galilea.

 

Inicia su predicación a la edad de 30 años. Predicando de ciudad en ciudad, suscita importantes congregaciones de multitudes pero la oposición de los sacerdotes que cuidan el Templo de Jerusalén y aseguran el culto israelita le vale ser entregado a los romanos, condenado a muerte y crucificado. Sus discípulos dicen que resucitó al cabo de tres días, en Pascua, antes de subir al cielo.

Los discípulos de Jesús lo llamaban Cristo. Esa palabra en griego significa “ungido”. Es por eso que más tarde, en Antioquía y luego en el resto del Imperio Romano, se llamó cristianos a los adeptos de la nueva religión. La palabra Mesías, transcripción del hebreo Mashiah, tiene el mismo significado…

La existencia de Jesús de Nazareth, su nacimiento, su predicación y su muerte en la cruz, descansan sobre diferentes testimonios (ver también: Cuando la historia quiso negar la existencia de Jesucristo). Estos acontecimientos así como su resurrección dieron lugar a numerosos escritos de parte de sus discípulos desde los años 50 de nuestra era.

La fe cristiana se basa en un conjunto de textos:

1-La Biblia judaica. Ella cuenta la alianza de Dios con el pueblo hebreo. De ahí el otro apelativo que le dan los cristianos: el Antiguo Testamento (testamento, traducción latina del hebreo berith, que significa sencillamente alianza)

2-Los cuatro Evangelios oficiales y algunos otros textos como las cartas o epístolas de Pablo, los Hechos de los Apóstoles, escritos por Lucas, el Apocalipsis de Juan. Esos textos escritos en el siglo I de nuestra era nos han llegado en griego (la lengua más hablada en torno al Mediterráneo en esa época).

Relatan el recorrido de Jesucristo, su nacimiento, su predicación, su condena y su muerte en la cruz, así como su supuesta resurrección y su asunción al cielo. Constituyen un conjunto de textos que llamamos Nuevo Testamento para distinguirlo del Antiguo Testamento.

3-A esos textos, hay que agregarles los textos de la Tradición, elaborados al correr de los siglos por los Padres de la Iglesia (Agustín, Jerónimo, León, Basilio…) y aprobados por la comunidad de los cristianos. Es a ellos que la fe cristiana debe su coherencia…. Y sus sutilezas teológicas, en el origen de una interminable exégesis (análisis de los textos religiosos).

 

La fe cristiana

Según los textos fundadores y en particular los de la Tradición, Jesús es el Hijo en la Santa Trinidad que reúne un Dios en tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

San Pablo fue el primero en presentar claramente a Cristo como “enviado por su Padre”, dicho de otro modo el Hijo de Dios.

Así el cristianismo se distingue de las otras religiones por la fe en un Dios único, cercano a los hombres, que los ama lo suficiente para venir entre ellos, morir y resucitar, a fin de alejarlos del pecado y asegurarles la vida eterna.

 

Cristo, que nació y creció en el hogar de un carpintero de Galilea, habla a sus discípulos en términos muy concretos, con fórmulas que emanan del terreno y son comprensibles para todos. Se expresa cómodamente a través de parábolas (relatos alegóricos portadores de una enseñanza moral).

En oposición al judaísmo, Cristo rechaza los rituales apremiantes, las prohibiciones alimenticias y el descanso obligatorio del sabat. “No hay nada exterior al hombre que pueda volverlo impuro penetrando en él, pero lo que sale del hombre, eso es lo que lo vuelve impuro”, dice [Marcos 7, 15]. Y también: “¿Quién de entre vosotros, si su oveja cae en un pozo el día del sabat, dudaría en socorrerla?” [Mateo 12, 11). Siguiendo su ejemplo, los fieles preconizan el amor razonable a las cosas bellas y buenas.

En cambio, Cristo condena muy firmemente las manifestaciones de orgullo: “¿De que le sirve al hombre ganar el universo si se pierde a sí mismo?” [Mateo 16, 26]

San Pablo va más allá en su hermosa carta a los Corintios: “Aunque tuviera el don de profecía y el conocimiento de todos los misterios y del saber más elevado, aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor, nada soy“.

El apóstol, considerado como el segundo fundador del cristianismo después del propio Cristo, pone el acento en el amor fraterna, tercera virtud teologal después de la fe y de la esperanza, a sus ojos la más importante.

El amor, fundamento del cristianismo, no se limita al afecto por las personas cercanas sino que se extiende a todos los hombres (parábola del Buen Samaritano). Pasa por la compasión (parábola de la mujer adulta, Sn Juan 8:1-11)

 

La Iglesia sale de las catacumbas

Desde los comienzos del cristianismo, los fieles de Cristo se hacen bautizar, como él mismo lo fue por Juan el Bautista. No sumergiéndose en una pileta o en un río, a la manera de los hebreos, sino por ablución por parte de un tercero en nombre de Cristo. Como el bautismo implica la remisión de los pecados, ¡muchos esperan el fin de la vida para hacerlo!

El bautismo y la entrada en la comunidad cristiana requieren una preparación, el catecumenado, que puede durar hasta tres años. El postulante se compromete en esta ocasión a renunciar a ciertas profesones, como el servicio militar. Un fiel hace de garante de él ante la comunidad. Tiene por nombre sponsor (de una palabra latina que significa el que empuja).

Las comunidades toman la costumbre de encontrarse para renovar la Cena y la consagración del pan y del vino por Cristo. Plinio el Joven, gobernador de Bitinia (hoy Turquía), escribe hacia el año 112 al emperador Trajano:“Tienen el hábito de reunirse un día fijo, antes del alba, de cantar un himno a Cristo como a un dios, por responsos, y de comprometerse por juramento no a algún crimen, sino a no cometer ni robo, ni bandisimo, ni adulterio, a no faltar a su palabra, a no negarse a restituir un depósito cuando se los conmine a hacerlo. Hecho esto, su costumbre es separarse y luego reunirse nuevamente para tomar un alimento banal e inofensivo. Por otra parte han renunciado a este último punto luego de mi edicto, por el cual, de acuerdo a tus órdenes, yo había prohibido la asociaciones”.

En los primeros siglos del cristianismo, los creyentes piensan que el fin del mundo y el Juicio Final son inminentes. No ven ningún interés en preservar el orden social. El celibato, la castidad y el rechazo a protar armas atestiguan una lectura literal de los Evangelios y de las enseñanzas de San Pablo.

 

La Iglesia toma la dirección del Imperio

En el siglo IV, las cosas han cambiado. El fin del mundo no está más a la orden del día. Por otra parte, el cristianismo aparece sólidamente establecido en el Imperio Romano después de su legitimación por el emperador Constantino Iº (Edicto de Milán, 313) y la organización de un clero jerárquico. Tomando nota de su preponderancia, el emperador Teodosio lo proclama religión oficial en 392.

Pero la Iglesia no deja de inquietarse por la suerte del Imperio Romano al cual su destino está aún estrechamente ligado.

En 410, la ciudad de Roma, que ya no es sino la sombra de sí misma, es saqueada y arrasada durante tres días por los visigodos de Alarico, enojados porque el emperador Honorio no había pagado el tributo pedido. San Agustín, como todos los hombres ilustrados de su tiempo, mide el carácter altamente simbólico del acontecimiento. De ello extrae la materia de su libro La Ciudad de Dios. En esta obra, recuerda que la Ciudad de Dios no es de este mundo sino del más allá.

Contra quienes toman al pie de la letra el mandamiento bíblico “no matarás”, San Agustín legitima también el concepto de “gerra justa”. En un mundo llamado a durar, los cristianos tienen el derecho y el deber de defenderse frente a las fuerzas del mal que las asaltan, frente a los paganos e infieles. Mucho más tarde, conjugado con la mística guerrera heredada de los bárbaros, este concepto dará nacimiento a la caballería y a las cruzadas.

 

En el siglo Vº, la época de San Agustín, los cristianos adquieren la costumbre de bautizar a sus niños desde la más tierna edad, con frecuencia al nacer. Esta práctica encuentra a posteriori una justificación en el concepto de “pecado original” sobre el cual se extiende San Agustín (otra vez él).

El pecado original es el acto de desobediencia cometido por Adán y Eva contra su Creador. Se ha transmitido a toda su descendencia, condenándola a la maldición eterna o a la nada después de su muerte. Al ofrecer su persona a los hombres, Jesús los libera de esta fatalidad. Les permite acceder luego de muertos al conocimiento de Dios (es decir, a la vida eterna) siempre que gocen de la Gracia divina.

 

Por André Larané, director de la revista Herodote

(Traducción: Claudia Peiró para Infobae)