Pablito, de alta, no tiene

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El adolescente de 15 años que había resultado gravemente herido por la explosión de Raponi, tiene el alta médica. Su familia busca dónde vivir.

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Por Laura Giubergia

Pablo Amaya acaba de ganar la batalla más importante de su vida. Estuvo cara a cara con la muerte, pero su juventud, su fortaleza y el profesionalismo del Hospital de Urgencias le permitieron levantarse tras las gravísimas lesiones que sufrió por la explosión de la Química Raponi, el 6 de noviembre. Estaba en la casa de su papá, en Góngora 949, justo al lado del galpón que estalló. Ya está bien, pero todavía no tiene a dónde vivir junto a su familia.

“Es un milagro. Esa noche, los médicos habían dicho que estaba en manos de Dios, que podía morirse en una hora o a lo sumo al día siguiente”, rememora Patricia Cabañas, su mamá, y resume estos 54 días: “Primero nos decían que se iba a morir, y superó esa etapa; luego no sabían si iba a despertar del coma, y despertó; después nos hablaban de las graves secuelas que podía tener. Y acá lo ves, está perfecto”. “Sólo queda ese pequeño detalle del cráneo que por suerte tiene solución, pero es precisamente lo que le salvó la vida”, afirma.

Pablito, como llaman en la familia al menor de cuatro hermanos, escucha con atención cada cosa que cuentan de lo que fue la explosión. No recuerda nada, sólo que bajó una escalera. Se despertó en una cama del Urgencias, la cama que lo vio sobreponerse a un cuadro delicadísimo. Sabe que lo espera un largo tiempo de controles y estudios, y dentro de algunos meses, una cirugía. “Me van a poner una prótesis para que quede como antes”, dice, y asegura estar contento de haber salido y estar nuevamente con su familia.

“El cuerpo me responde, por ahí me canso un poco de estar parado o sentado, fueron muchos días en cama”, describe este joven, amante de la música, que planea volver a tocar la guitarra y retomar sus clases de canto “apenas pueda”. Y su hermana Sofía agrega: “Yo le digo que aproveche ahora que es famoso y que hay muchos medios pendientes de él para hacer conocer su música y su talento”.

“Mientras un médico salía a decirnos que Pablito tenía muy pocas posibilidades de sobrevida, veíamos en el noticiero a funcionarios diciendo que sólo había que lamentar daños materiales, y nosotros teníamos a nuestro hijo entre la vida y la muerte… Ahí nomás le dije a Sofía que se comunique con los medios”, repasa la madre.

Fenómeno de amor

Patricia destaca las energías y el amor que le hicieron llegar “desconocidos” a los que bautizó su “gran familia”. “Es increíble el apoyo que hemos recibido de la gente a través de las redes sociales, de Córdoba y del país, gente que nos escribía a diario para saber del estado de salud de Pablito”, destaca la mujer, emocionada.

“Fue un fenómeno de amor que nos sostuvo anímicamente durante este tiempo, y quiero que todos los que se preocuparon por mi hijo sepan que aportaron su granito de arena”, describe.

Con el alta de Pablo, los Amaya esperan que les digan cuál será su destino. Desde el día del estallido están viviendo en el Hotel Brion, sobre calle San Jerónimo, muy cerquita del Urgencias. Ahora, esperan poder alquilar una vivienda y abandonar el hotel. “Pablito tiene que subir y bajar escaleras, no tenemos comodidades suficientes para seguir acá, pero aún no nos han dado el OK para alquilar una casa por un tema de papeles”, lamentó su hermana Sofía.

“Estamos muy golpeados”

Patricia Cabañas, mamá de Pablo, asegura que lo que le ocurrió a su hijo fue el último de una serie de episodios duros de la vida, el más grave sin dudas. Ella debió jubilarse anticipadamente porque es disminuida visual. “Una operación salió mal, perdí un ojo y en el otro tengo un 20% de visión”, explica la mujer que está convaleciente de un tratamiento oncológico.

“Tuve cáncer de mama dos veces”, cuenta, y asegura que aunque tiene “un empuje muy grande”, vive una situación alarmante. Su ex marido perdió todo en la explosión, porque el departamento además se prendió fuego. Y su casa, en Marqués de Sobremonte, fue declarada inhabitable por la Provincia en estos días. “Jamás pedimos subsidios ni nada, pero no tenemos a dónde ir”, asegura.