Un ritual ancestral en honor a la Tierra

0
178
Ofrendas. Alimentos, bebidas y tabaco se ofrecen a la Tierra, en agradecimiento. En el Sur, se da la bienvenida al tiempo de siembra.
Ofrendas. Alimentos, bebidas y tabaco se ofrecen a la Tierra, en agradecimiento. En el Sur, se da la bienvenida al tiempo de siembra.
Ofrendas. Alimentos, bebidas y tabaco se ofrecen a la Tierra, en agradecimiento. En el Sur, se da la bienvenida al tiempo de siembra.

La celebración milenaria en Alberdi convocó a una multitud. Se cree que es tiempo de dar de comer a la tierra para que dé buenos frutos.

 

“Queremos decirle a la Tierra, nuestra madre, que somos sus hijos, que a la Tierra no se la compra, no se la vende, no se la parcela ni se la privatiza”. Con esas palabras Víctor Acebo, miembro fundador y presidente del Instituto de Culturas Aborígenes (ICA), inició cerca de las 15.30 de ayer el rito ancestral en honor a la Pachamama (la Madre Tierra) en frente de su sede, en el corazón de barrio Alberdi, asentamiento originario de la comunidad comechingona del Pueblo de la Toma.

Bajo el cálido sol de la siesta, la segunda cuadra de la calle Enfermera Clermont se colmó bien temprano, hasta que se cerró al tránsito. Se congregaron miembros de pueblos originarios, vecinos, alumnos de jardín de infantes (el San Jerónimo), secundarios (del Rosarito Vera Peñaloza, de Villa Allende; del Garzón Agulla y el Carbó), terciarios y universitarios (ver galería de fotos).

Había curas, como el padre Horacio Saravia, militante en la defensa de las culturas ancestrales; excuras, como Pol Zayat, profesor en Filosofía; monjas, como dos hermanas de la congregación de las Doroteas, jóvenes, madres de alumnos, representantes de la cultura wichi, sanavirona, comechingona, afroamericanos. Y curiosos.

“La Tierra es de todos, es un bien colectivo, no individual ni de un grupo”, siguió Acebo, frente al pozo donde, luego se colocarían las ofrendas de verduras, frutas, otros alimentos, licores y tabaco. “Pertenecemos a la Tierra. Somos hijos de la Tierra”. Acebo es oriundo de la frontera argentino-boliviana, entre La Quiaca y Villazón.

Una enorme wiphala –el estandarte cuadrangular de siete colores utilizado por las etnias de la cordillera de los Andes, símbolo del pueblo aimara y del Estado boliviano desde hace pocos años– cubría buena parte de la fachada del Instituto de Culturas Aborígenes. Otros más pequeños, colgaban de los árboles, junto al rojinegro del Pueblo de La Toma y el verde del Instituto de la Presencia Afroamericana en Córdoba.

Sobre una manta, al lado de un brasero, se había cavado el hoyo, el mismo donde, desde hace 20 años, la Pachamama recibe en Córdoba sus dones. Tierra fértil. Un espacio sagrado.

“No hay que olvidarse de que somos hijos de la tierra”, remarcó Acebo, secundado por los caciques Ramón Aguilar y Argentina Acevedo. Sonaba música andina mientras en el brasero ardían hierbas aromáticas, deseos y agradecimientos. Es un ritual de purificación para que, se dijo, la gente viva sin miedo, respete los valores y la familia. “Hay que devolverle a la tierra lo que nos da”.

Después llegó una baguala del norte argentino, en la voz de una mujer wichi, acompañada del sonido la caja. Con su canto, daba la bienvenida al tiempo de siembra en este hemisferio. Honores a “la mamita”, a “la pachita”, explicó una mamá a su hijo pequeño en brazos.

Y se quemaron hojas de coca, presentadas en pares: la madre y el hijo. La Tierra y el hombre. Los dos juntos, sin superioridad, la filosofía de la complementariedad, explicaron. La dualidad. “Solos no somos nada”, repitió el orador durante el milenario ritual, que le hablaba en quechua a la Pachamama, y en español, a los demás.

Cada homenaje a la Madre Tierra es un acto de fe, no es una representación ni una puesta en escena, explicó el presiente del ICA, antes de marcar, con un chorro de vino, el lugar sagrado. Y, luego, arrojar ofrendas: manzanas, maní, anchi (postre de sémola de maíz), algarroba, quinoa, yerba…

“Hoy la Pachamama explota”, gritó Acebo. “Hay una sobreabundancia de frutos”. La calle estalló en aplausos mientras los presentes compartían cigarros. Al final, el brasero quedó limpio, señal de que lo ofrendado fue bien recibido.

 

Fuente: Diario La Voz del Interior