VIH: de un desconocido mal mortal a una infección crónica tratable

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Domingo, día mundial. El virus fue descubierto en 1983 y los primeros años de atención de los enfermos de sida tuvieron características épicas por su efecto devastador en los pacientes.

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Por Hugo Roland (Médico infectólogo).

Entre 1986 y1996, la respuesta ante la epidemia por VIH en la provincia de Córdoba significó una trascendente experiencia humana.

El escenario principal de estas vivencias fue el Hospital Rawson, tal vez más por su histórica condición de incluir a los excluidos, que por ser el referencial de enfermedades infecciosas.

El primer caso de sida apareció el 26 de agosto de 1986, “derivado” desde Estados Unidos. Era un hombre de 43 años nacido en el interior provincial, diseñador de ropa, que había vivido en el país del norte durante las dos décadas anteriores. En estado de desnutrición extrema, experimentó neumotórax bilateral hipertensivo como consecuencia de una neumonía extraña hasta entonces. Falleció unos diez días después. Hubo seis accidentes con sangre entre quienes lo asistieron. Llamó la atención la ausencia de familiares. Dos meses más tarde, llegó el resultado positivo para VIH.

No hubo novedades hasta febrero de 1987, cuando, casi simultáneamente, fueron internadas en el viejo Pabellón Tres, siete personas, en su mayoría jóvenes, autóctonos, hombres que tenían sexo con hombres, usuarios de drogas intravenosas, hemofílicos y un presidiario. Era destacable la situación de coinfecciones (varias a la vez), lo que sepultó el concepto unicista (una sola causa) de nuestra formación clásica y también el compromiso de más de un sistema (respiratorio y nervioso, por ejemplo). La mayoría tenía diarrea y debíamos utilizar botas para transitar por la sala. Algunos familiares se acercaban muy discretamente hasta la puerta para pedir informes y no pasaban a ver a los enfermos. Todos fallecieron en ese mismo mes. Acompañar hasta la llegada de la muerte fue la acción más notable de ese pequeño grupo del equipo de salud.

Posteriormente, se fueron presentando distintas situaciones: un chapista de autos con sarcoma de Kaposi derivado de un hospital escuela universitario en donde había estado internado durante tres meses, una azafata que se quedaba ciega por citomegalovirus, un puestero del mercado con una peritonitis por la misma causa, un exitoso empresario que se demenció por una leucoencefalopatía, entre otras, condiciones desconocidas o muy poco frecuentes hasta ese momento.

En 1989 hubo que asistir a una embarazada y se le realizó una cesárea en el mismo hospital, con el argumento de la bioseguridad. Aquí comenzó la epidemia pediátrica.

Otro grupo importante fue el de los hemodializados, los que eran trasladados desde un centro en el que se les realizaba esa práctica.

Se formó un equipo de voluntarios para concurrir a las cárceles, con el fin de asistir en tiempo a los afectados, y tuvo muy buenos logros.

En transgresión a las normas vigentes por esos años, se brindó respiración mecánica a un paciente con VIH con neumonía que sobrevivió, al igual que otro que había intentado suicidarse con psicofármacos.

Otra realidad dolorosa fue la de los que buscaban terapias alternativas ante la falta de una respuesta eficaz por parte de la ciencia, abandonando nuestros cuidados y sometiéndose a un sufrimiento mayor e irreversible.

En concreto, fue una época que nos encontró a algunos no tan bien parados y a otros mirando para otro lado. La negación, la desprotección, el estigma y la discriminación fueron factores más poderosos que los microorganismos que aprendimos a combatir. La pregunta es si el hospital inclusivo emerge como una consecuencia de esta conducta social.

Desde 1996 se dispuso del análisis de la carga viral, con lo que pudimos ponderar el efecto de nuestra medicación, suprimir totalmente al virus, evitando que este adquiriera resistencia, y asistir a la recuperación de la inmunidad. Esto cambió radicalmente la historia natural de la infección, disminuyó la progresión hacia la enfermedad y la mortalidad. Por otro lado, aumentó la experticia en la atención de las complicaciones oportunistas graves y se optimizó el cuidado de las mismas en terapia Intensiva, mejorando ostensiblemente su pronóstico.

Hoy, luego de tres décadas las cosas cambiaron, existe la terapia antirretroviral altamente efectiva, que, suministrada oportunamente, asegura una expectativa y calidad de vida similar a la de todos, y además puede eliminar la transmisión de madre a hijo; el desafío es el acceso universal.

Las chances de una vacuna y de la cura funcional son factibles. Se ha progresado notablemente en el tratamiento y la erradicación de las infecciones oportunistas, que no deberían ocurrir si se detecta la infección por VIH en forma temprana; otro desafío.

Las nuevas generaciones del equipo de salud se forman en un mundo con VIH, no existe la posibilidad del lamentable planteo de excluir de la atención por “ser VIH” que escuchábamos antes. No obstante, esta oscura actitud puede tomar maneras más solapadas.

Se debe considerar que esta, como ninguna, es una epidem ia en la que participan activamente los afectados, situación que tal vez explique la velocidad que tienen los avances; sin duda la lucha de ellos ayudó y ayudará a enfrentar el desafío mayor: hacer desaparecer el estig ma y la discriminación.